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Ficus Carica Higuera

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NOMBRE CIENTÍFICO: Ficus carica

FAMILIA
: MORACEAE

NOMBRE COMÚN
: Higuera

FLORECE
: IV-IX

HÁBITAT
: Cultivada y asilvestrada en terrenos secos, fisuras de roquedos, muros antiguos, riberas, etc, 0-1300 m

DISTRIBUCIÓN
: Circunmediterránea

OBSERVACIONES
: Por sus numerosas propiedades recomendamos leer el texto del Dr. Font Quer que a continuación exponemos.

FLORA VASCULAR DE ANDALUCÍA ORIENTAL
. Edita: Consejería de Medio Ambiente. Junta de Andalucía
Ficus carica L. -higuera común-

MP.c. Hasta 10 m. Arbol o arbusto de tronco y ramas tortuosos, con la corteza lisa de color gris claro. Hojas 15-35 cm, alternas, palmatilobadas, ásperas y rugosas, con 3-5 lóbulos de margen crenado-dentado a ondulado; pecíolo 8-10 cm, grueso. Flores unisexuales, diminutas, inconspicuas, dispuestas en el interior de un receptáculo piriforme abierto solo por un poro apical, las masculinas en el ápice, con 3 sépalos y 3 estambres, y las femeninas en la base, con 5 sépalos y 1 pistilo. Frutos (aquenios) agregados en infrutescencia (sicono), de 3-8 cm, subglobosa o piriforme, de color verde, verde-amarillento, purpúreo o negruzco. 2n = 26. IV-IX. Cultivada y asilvestrada en terrenos secos, fisuras de roquedos, muros antiguos, riberas, etc, 0-1300 m (t-m). Circunmediterránea. Todo el territorio. fr. LC.

El Dr. Font Quer, en la pág.  121 de su magnífico Dioscórides Renovado, hace comentarios extensos que transcribimos a continuación casi completos, por muy interesantes y curiosos y porque concluye con un reconocimiento a los productos de nuestra querida Málaga
:
"De la hija y de la higuera, que no se vea la jarretera, dicen en Provenza, dando a entender la conveniencia de no dejar que sus ramas se empinen demasiado.
La higuera, decía Laguna en sus comentarios, no florece jamás, y en lugar de flor produce luego su fruto. Este error perduró tan largos años, que, en 1737, en su "Hortus Cliffortianus", el gran Linné llegó a considerar a este árbol como una criptógama. En realidad, la higuera tiene flores, pero diminutas; y nacen dentro de un receptáculo piriforme, con una abertura u ojo apical, muy apretaditas, en sus paredes internas, siempre ocultas a nuestras miradas y, cuando están totalmente hechas, el receptáculo, convertido en higo, está a punto de madurar.
Con aquellos proverbios que dicen:
"Ni hombre sin ombligo, ni higuera sin cabrahigo"; o, "higuera sin cabrahigo, no vale un higo", se declara que esta clase de higueras requiere la presencia de higos masculinos para producir sus higos y madurarlos. De no haber cabrahigos próximos, la acción de cabrahigarlas necesita de la intervención del hombre, que de las ramas de la higuera cuelga sartas de higos machos.
Yo he visto en Ketama, en el Valle superior del Uarga, en Marruecos, traer de muchas leguas más al Sur, generalmente de los zocos de Fez, aquellos higos machos ensartados para atender a sus higueras, incapaces de sazonar sus higos sin el estímulo de la cabrahigadura. Pero otras higueras, entre ellas las más de las que actualmente se cultivan, no requieren tales operaciones, y los higos llegan a término sin la fecundación de sus flores.
Tenemos gran número de variedades de la higuera común, que se distinguen sobre todo por la figura, las dimensiones, el color y aun el sabor de sus higos. Propiamente hablando, los receptáculos floríferos convertidos en higos no son frutos, porque éstos, cuando la higuera es fértil, se contienen en los propios higos, y son muy pequeñitos, redondeados, endurecidos, como granitos amarillentos rodeados de partes florales blandas y pulposas, dulces, y por las paredes mismas, también endulzadas y blandas, del receptáculo.
Los higos, cuando se dejan en el árbol y el tempero es benigno y seco, pierden sus acuosas superfluidades y concentran sus jugos; el cabillo que los sostiene, perdida también su turgencia, no los puede sostener enhiestos y cuelgan boca abajo de las ramas; su piel se arruga y se agrieta, y por el orificio apical rezuma una lágrima de miel. Es cuando están más dulces porque dice el aforismo: El higo, para ser bueno, ha de tener cuello de ahorcado, ropa de pobre y ojo de viuda. Puestos a secar, los higos se vuelven pasos y se conservan todo el invierno con adecuadas precauciones.
Florece desde la primavera hasta el otoño. En las comarcas más cálidas o en las rinconadas donde no son de temer los fríos, hay higueras que conservan sus receptáculos, ya formados en otoño, durante todo el invierno, y recobran precozmente su desarrollo. Estas higueras nos dan las brevas: Por San Juan, brevas; y por San Pedro, las más buenas.
Los otros higos llegan a sazón a fines de verano o al empezar el otoño: Por San Miguel, los higos son miel.
Se cría en las huertas, pero también resiste los secanos en las comarcas con lluvias no excesivamente escasas. Las mejores higueras se dan en las tierras profundas y con mucha agua subterránea, pero con aire seco y soleado.
Como dice otra sentencia popular: la higuera al pie del agua, y al sol la cabeza. A orillas del Cinca, en los regadíos de Fraga, en Aragón, concurren estas circunstancias, que han hecho famosos sus higos pasos.
La higuera, aun sin hojas en invierno, resiste con dificultad las bajas temperaturas de algunos años extremadamente fríos; con frecuencia incluso en comarcas tan bajas y tan próximas al mar como la de la Selva, en Gerona. Los otoños neblinosos y con lluvias frecuentes también impiden que los higos maduren adecuadamente, y las higueras no rinden.
Este árbol parece oriundo del Próximo Oriente, donde se cultiva desde muy antiguo; pero en los depósitos cuaternarios del sur de Europa se han encontrado restos fósiles de él.

Sobre su historia nos comenta el Dr. Font Quer
:
Los antiguos atribuyeron a la higuera y a los higos numerosas virtudes. De todas ellas, la virtud pectoral de los higos sobre todo para ablandar la tos, todavía se estima en Medicina popular. Como laxantes, los egipcios ya empleaban los higos desde hace cuatro mil años.
Las antiguas ediciones de la Pharmacopea hispana, por ejemplo, la de 1803, daban la siguiente fórmula para preparar el cocimiento pectoral de azufaifas, con higos:  

1 onza de cebada mondada,
12 frutos de azufaifas,
6 higos pingües,
1/2 onza de pasas limpias,
1/2 onza de regaliz contundida,
1/2 onza de culantrillo de pozo y
3 libras de agua común.

El agua, con todo lo indicado, se pone a hervir hasta que las 3 libras queden reducidas a 2, y luego se cuela el líquido resultante; tomando de él media libra diaria, si no más porque no contiene nada que pueda dañar, sirve para calmar la tos.
También se recomienda hervir 8 ó 10 higos pasos, previamente lavados con agua clara, en 0,25 l. de leche. Estos higos, ablandados y calentitos por la cocción, se comen al acostarse, y luego se bebe la leche en que han hervido. Si se teme el trancazo, o tos y trancazo andan juntos, pueden tomarse con la leche bebida 1 ó 2 pastillas de aspirina.
La siguiente fórmula, muy popular, se prepara con 3 onzas de higos secos (unos 8 higos), una roncha del troncho de un racimo de plátanos, media docena de rabanitos sin pelar, 1 onza de cáscaras de almendras y 3 onzas de azúcar terciada o morena. Todo ello se echa a hervir en 1 l. de agua hasta que se reduzca a la mitad. Se cuela el líquido caliente, y, cuando ya no sepas que tomar, dicen quienes recomiendan esta fórmula, bebe a tazas, cuanto quisieres, del cocimiento resultante, y en un par de días se te quitará la tos.
La leche de higuera fresca, que fluye por el pezón de las hojas cuando se arrancan, es un remedio popular para combatir las verrugas; pero hay que untarlas con ella todos los días, y sin desesperar, durante largo tiempo.
Por la teoría del signo o de las similitudes, los higos se han utilizado contra ciertas hinchazones anales "formadas a manera de higos", a lo cual debe de aludir aquel antiguo refrán que dice así: Higo chichón, para mi señor; higo maduro, para mi culo.
Los entendidos dicen que la voz latina ficus, la higuera, y también el higo, es un préstamo del griego sycon sucon, que significa lo mismo. Los romanos solían comer el hígado guisado con higos, y del latín ficus nació ficatum, que era el nombre de aquel guiso, la cual voz, por vía erudita, nos daría figado, que, con otra prosodia y convirtiendo la f en h pasa a hígado el nombre de la víscera.

Tratándose del higadillo de los gansos, cuando los cebaban con higos, según se lee en "De re culinaria", de Apicius, se designaba asimismo con el nombre de jecur ficatum, y venía a ser el foie-gras de nuestros tiempos. El hepar, higado en griego, nos ha dado hepático, adjetivo que se refiere a lo relativo al hígado o propio de esta entraña; pero el nombre de la propia víscera nos viene del arte culinaria y de los higos. El hígado de cerdo guisado con higos sabe bien, y lo recomendamos a los que gustan de los manjares antiguos.  
Los higos secos dan al cuerpo mantenimiento, calientan, acrecientan la sed, entretienen lúbrico el vientre, y ansí no convienen cuando destilan humores a él o al estómago, aunque en las enfermedades de la garganta, de la caña del pulmón, de la vejiga y de los riñones su uso es convenientísimo. Conviene también a los de alguna enfermedad luenga descoloridos, a los asmáticos, a los hidrópicos y a los que son subiectos a gota coral.
Bebido su cocimiento, en el cual haya entrado también la hierba llamada hisopo, purga los humores del pecho, vale contra la tose antigua y contra las viejas enfermedades de los pulmones.
Majados con nitro y con la simiente del alazor, y comidos, ablandan el vientre.
Gargarizado su cocimiento, es muy útil a las agallas y garganta inflamadas.
Mézclanse también en las puchecillas que se hacen de harina de cebada y taceite, y con ptisana o con alholvas, para fomentaciones útiles a los lugares secretos de las mujeres.
Su cocimiento, en el cual hobiere entrado la ruda, es útil en los clisteres contra los dolores de tripas.
Cocidos, majados y aplicados en forma de emplastro, resuelven cualquiera dureza, ablandan los lobanillos y las hinchazones que se hacen tras los oídos y maduran los diviesos, principalmente si se mezcla juntamente la iris o el nitro o la cal.
Los crudos, majados con las cosas ya dichas, tienen la mesma fuerza.
Mezclados con cáscara de granada, mundifican las uñas que suelen hacerse en los ojos; y con caparrosa, las malignas llagas de piernas que, por el continuo flujo de humores, son difíciles de encorar.
Cocidos con vino, con ajenjios y harina de cebada, se aplican a los hidrópicos, y no sin feliz suceso.
Quemados y encorporados después con ceroto, sanan los sabañones.
Majados crudos y mezclados con simiente de mostaza o con nitro, y metidos en los oídos, resuelven los zombidos y la comezón que en ellos se siente.
La lágrima de la higuera salvaje y domesticada hace cuajar la leche ni más ni menos que el cuajo; y, por el contrario, echada en la ya cuajada la deshace como el vinagre.
Es corrosiva la leche de la higuera, abre los poros, relaja el vientre, bebida con almendras majadas desopila la madre; y aplicada por abajo con una yema de huevo o con cera tirrénica es provocativa del menstruo.
Mezclada con harina de alholvas y con vinagre es útil en los emplastros contra la gota.
Aplicada con harina de trigo, mundifica la sarna, los empeines, las quemaduras del sol, las manchas blancas del rostro, las asperezas del cuero y las llagas manantías de la cabeza.
Instilada dentro de la herida, es útil a los que hirió el escorpión o cualquiera otro emponzoñado animal, y a los mordiscos de algún perro rabioso.
Sana el dolor de los dientes metida dentro de los horadados con un poco de lana.
Deseca las verrugas que nacen a manera de hormigas aplicada al derredor del asiento dellas con grasa.
Tiene la mesma fuerza el zumo que se saca de los ramos tiernos de la higuera salvaje, los cuales, cuando están preñados de leche y antes que echen renuevos, se majan, y, majados, se esprimen, y el licuor esprimido, después de seco a la sombra, se guarda. Métese, ansí el zumo como la leche de la higuera salvaje, en las medicinas corrosivas del cuero.
Cocidos los ramos de higuera con carne de vaca, hacen que se cueza más presto. La leche se torna más solutiva si mientras hierve la menean con un ramillo de higuera en lugar de espátula.
Los higos olintos, que algunos llaman eríneos, cocidos y aplicados en forma de emplastro, ablandan los callos y lamparones.
Crudos y encorporados con nitro y harina, derriban las verrugas semejantes a hormigas y las llamadas tymos.
Hacen el mesmo efecto las hojas, las cuales aplicadas con sal y vinagre, enjugan las llagas manantías de la cabeza, limpian la caspa y sanan las epiníctidas.
Fréganse con ellas las hinchazones del sieso formadas a manera de higos y las asperezas que se suelen hacer en las palpebras.
Hácese un útil emplastro de las hojas y de los ramillos tiernos de la higuera negra contra los albarazos, las cuales cosas, aplicadas con miel sanan las mordeduras de perros y las llagas de la cabeza que parecen panales.
Los higos llamados olintos, aplicados con las hojas de dormideras salvajes, sacan a fuera los huesos rotos, y resuelven los diviesos si se aplican con cera.

Encorporados con vino y con hierbas (se lee yervos), y puestos, sanan los mordiscos del musgaño y de la escolopendra.
De la ceniza de los ramos de la higuera, ansí salvaje como doméstica, se hace cierta lejía, la cual, para que sea más fuerte, conviene muchas veces renovar la ceniza y dejarla en remojo grande espacio de tiempo. Esta tal lejía se mezcla útilmente con las cáusticas medicinas y es muy saludable remedio contra las llagas mortificadas, porque extirpa y consume todo lo dañado y superfluo. Ansí, que, siendo menester usar della, bañaremos una espongia muy a menudo en la dicha lejía y aplicarémosla sobre la parte enferma.
Somos algunas veces forzados de echarla como clister en la disenteria en los muy antiguos flujos de vientre y en las fistolas cavernosas y grandes, porque las mundifica, suelda y encarna, teniendo no menor virtud de juntar las partes divisas que las medicinas apropiadas para conglutinar las heridas frescas.
Recientemente colada, se da a beber con un ciato de agua y un poco de aceite contra los cuajarones de sangre, contra la caída de alto y contra la ruptura y espasmos de nervios.
Bébese tambien della sola cómodamente un ciato en los flujos estomacales y disentéricos. Mezclada con aceite, es útil fomentación contra el espasmo y dolor de nervios, porque provoca sudor.
Dase a beber a los que por la boca tomaron yeso y a los que fueron mordidos de los falangios.
Las mesmas facultades tienen todas las otras lejías, y principalmente la que se hace de la ceniza del roble; empero todas son constrictivas.
Laguna comenta así este extenso capítulo:
La higuera nunca jamás florece, y en lugar de flor produce su fructo. Dícese que no se halla jamás haber sido asaltada de rayos aquesta planta.
De los higos, a cada paso hay innúmeras diferencias, ansi en color y sabor como en blandura y grandeza, de las cuales, por ser manifiestas a todos, no quiero aquí hacer mención. Solamente diré que aquellos higos hacen gran ventaja a los otros, que son maduros, enjutos, tiesos (dice tiestos), dulces, grasos y muy sabrosos, cuales son unos negros que se caen de las higueras maduros entre Valencia y Xativa.
Los higos frescos relajan el vientre, purgan las arenas de los riñones, dan mucho mantenimiento al cuerpo y engórdanle, aunque engendran una carne floja y blandaza. De más desto producen en el vientre muchas ventosidades, que ofenderían harto si no se resolviesen muy presto.
Los higos secos tienen la mesma facultad de purgar, empero más remisa; son lenitivos y pectorales, por donde convienen mucho a la tose; y dan al cuerpo no tanto mantenimiento como los frescos, aunque harto más firme y sólido. Verdad es que si demasiadamente se comen engendran sangre viciosa, y por todo el cuerpo una infinidad de piojos. De más desto, ponen grande hastío, hinchan el vientre y, finalmente, opilan el hígado y bazo.
Dado que (léase, aunque) no se opiló aquel pupilo que, sobre apuestas, me comió 6 libras de higos, los más sucios y enharinados que se pudieron hallar en el desafiadero de Salamanca; el cual según tenía los alientos, llevaba un aire de se comer otras tantas si se las pusieran delante. Mas, no nos debemos maravillar, porque estudiantes, principalmente pupilos digerirán el hierro como los avestruces, pues, sin duda, tienen lobos en los estómagos.
Tampoco reventó un portugués marinero llamado Jorge Pírez de Almada (es digno semejante hombre que por su singular garguero sea puesto en corónica), el cual, pasando yo de Ruan a España en un navío portugués y habiéndonos sucedido una muy cruel tormenta, al tiempo que, ya rotos los mástiles y voladas las velas, todo el mundo alzaba las manos a Dios pidiendo misericordia y preparándose para lo extremo, hízome muy de priesa levantar de encima de un cofre suyo sobre el cual yo estaba tendido filosofando conmigo mesmo de la inmortalidad del ánima; y abierto el tal cofre, cuando pensé que sacaba algunas horas o cuentas para su devoción, sacó una talega de higos muy excelentes y de Algarve, que, a mi parecer tenía más de XVI libras, y, sentado con un gran descuido y reposo apar della no cesó de engullir hasta que la despachó toda diciendo: Morra Marta e morra farta.
Y que juraba él a Dios que, pues le habian costado muy buen dinero, no habían los peces de gozar dellos, sino que se los tenía todos de llevar consigo en el buche. El cual hombre honrado, después que se vio sin higos y el peligro pasado, estuvo para echarse en la mar de puro anojo y despecho viendo que en balde se había de una vez tragado toda su hacienda. He traído esto al propósito para dar a entender que los higos secos, aunque son pesados y duros de digerir, todavía en estómagos recios, cuales eran los de aquellos dos sycophantas que tengo dicho, se convierten presto en sólido, firme y loable mantenimiento.
Son calientes los higos en la fin del primero o en el principio del grado segundo, y tienen partes subtiles por donde maduran y resuelven los apostemas endurecidos.
También la verde higuera es de natura caliente y aguda, como lo muestra bien la leche que della mana y el zumo que de sus hojas se esprime. Las rodelas de palo de higuera son en el mundo odiosas, porque como la tal madera sea toda espongiosa, fácilmente recibe en si la punta del adversario, y después de recebida la tiene muy tenazmente, de suerte que no se pueden servir más della. Por donde las prohiben en muchas partes.
Refiere Plinio que Catón llevó un higo fresco al Senado, y, mostrándole a los padres conscriptos, les preguntó de cuántos días les parecía fuese cogido, y que, como todos lo tuviesen por muy reciente, les dijo: "Mirad cuán cerca de nuestros muros tenemos los enemigos que no ha más de tres días que fue cogido en Cartago. Con el cual argumento animó a todo el Senado a que se hiciese la tercera guerra púnica, con la cual fue asolada aquella tan antigua y tan insigne ciudad que hacía temblar toda Italia.
La higuera, o mejor el cabrahigo, es una de aquellas raras especies de árboles a las cuales las gentes del pueblo atribuyen virtudes mágicas para curar la hernia infantil. Moreira, tan buen conocedor del folklore tortosino, refiere así la ceremonia, tal como se practica en la actualidad.
Se celebra la noche de San Juan. El padre de la criatura herniada hiende a lo largo una rama de cabrahigo cuidando de que el corte sea limpio, y separa las dos partes de la rama hasta que el pequeño pueda pasar por el ojo que resulta. Cuando dan las primeras campanadas de la medianoche, un ejecutante, que ha de llamarse Pedro, coge al nene o a la nena completamente desnudo y pasándolo por el ojo de la hendedura lo entrega a otro ejecutante, que está del otro lado, y ha de llamarse Juan. Este lo pasa otra vez y se lo entrega a Pedro, y se repite tres veces esta acción. Mientras esto sucede se dice así:  

Pedro
.
Juan, aquí te entrego este niño quebrado.

Juan
.
Pedro, te lo devuelvo bueno, sano y curado.

A la tercera vez Pedro se lo entrega a una mujer, que debe llamarse María, y le dice:  

Pedro
.
Aquí lo tenéis, María; Juan me lo ha dado.

María
.
En nombre de la Santísima Trinidad lo tomo bueno, sano y curado. Amén.

Inmediatamente después de esta ceremonia visten al infante, y juntadas las dos partes de la rama de la higuera, vendan la rama con la faja que el pequeño llevaba puesta: luego, cubren la venda y la herida con una masa de barro que tenian preparada de antemano. Si las dos partes de la rama vuelven a unirse, el niño queda curado; en caso contrario, hay que repetir la ceremonia otro u otros años. Sanada la higuera, sanado el infante.
Las higueras se extendían por todas partes en al Andalus. Eran muy estimados los higos de Málaga. "Oh, higos de Málaga, seais saludados! Los navíos, por vosotros, vienen a esta ciudad". "

 
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